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No se tarda mucho en llegar al río. Culebrea domesticado cerca de la ciudad.

Desde la cima de la cuesta, a lo lejos, el río borda su papel chispeando luz de sol entre los árboles. Engaña tan bien que apetece acercarse enseguida, y sentarse a comer a su lado.

Desde el puente, el río, medio tintado de marrón, escupe espumarajos grises contra las arcadas de piedra.

Hago como que no veo la bolsa de un veinticuatro horas enganchada, allí abajo, a un tronco con vocación de rompiente. Me apoyo en el pretil y atiendo al cuchicheo del agua. El curso del río se me mete por los ojos y me circula por dentro. Todo lo demás se me estanca.

—Me da un miedo que mires así el río. Parece que vas a saltar en cualquier momento…

Me pasa un brazo por los hombros y me separa del pretil del puente.

Y yo río.

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