La vida está llena de tormentas. A veces vamos viendo cómo se avecinan, pero en ocasiones explota el trueno en medio de un último rayo de sol.
El 27 de septiembre de 2013 es un día ya lejano y seguramente no os acordaréis ya de él. Recordamos sólo los días que se nos llenan de felicidad o de tristeza. Los meses y los años son un poco más difíciles de olvidar: «Sí, ese mes yo estaba en…» o «aquel año, madre mía, cuánto me acuerdo de aquel año…»
El 27 de septiembre de 2013, en la oscuridad de la noche, estalló una gran tormenta sobre Salamanca. Yo lo sé porque al día siguiente escribí un artículo sobre ello y lo dejé fechado. Si no, ahora sería imposible que fuera capaz de localizar en el calendario dos truenos memorables que estremecieron aquella noche la ciudad.
Sin embargo, aunque no hubiera escrito nada sobre ello y no supiera con certeza el día ni seguramente el mes y el año en que sucedieron, puedo evocar a la perfección la luz de aquellos relámpagos y el estruendo de los truenos por la expresión de miedo que se dibujó en el rostro de una persona con la que viví aquella tormenta, y que ya está más allá de las nubes, de los truenos, y de los relámpagos.
No es malo echar la vista atrás y recordar tiempos tormentosos. Hay que aprender de lo que sucedió y cómo de airosas salieron las gentes de aquellas tempestades.
La revisión histórica de las grandes tormentas termina siempre con una conclusión: no hay más que dos formas de resistir una tormenta que nos sobrecoge: echándole valor —a veces mucho valor— pero también un poquito de risas. Sin sentido del humor nadie en este mundo sobreviviría a las tormentas.
Esta es la historia de dos tormentas que estallaron en dos siglos distintos, y de cómo se enredaron en el artículo que sigue a continuación de estas líneas:
Vamos a dejar fechada para el recuerdo la tormenta que atemorizó a Salamanca la noche del viernes pasado: 27 de septiembre de 2013.
Los que no la vivisteis in situ estaréis haciendo una mueca de desdén y pensando pues anda que exagera poco ésta….
Pero vosotros, los que la sufristeis, los que, con los mismos ojos que ahora leéis esto, visteis ese relámpago inmenso que se filtró por las rendijas más minúsculas de la persiana y que debió de iluminar con inusitada potencia la ciudad entera; los que escuchasteis a continuación la explosión de un trueno descomunal, que hizo temblar los cristales de las ventanas de toda Salamanca; vosotros sabéis bien que lo único exagerado de este texto es la tormenta que descargó en Salamanca el pasado 27 de septiembre…
Fueron dos truenos históricos.
Cuando estallaron y nos aturdieron, lo primero que pensamos fue: “Ya está; el rayo me ha caído encima”. Pero al comprobar que seguíamos con vida y la casa en pie, lo segundo que pensamos fue: “Algo gordo tiene que haber pasado ahí fuera”. Pero a ver quién era la guapa o el guapo que asomaba la nariz al balcón entre rayos y centellas para ver qué ocurría. Menos mal que existe Twitter y que los tuiteros charros empezaron enseguida a compartir miedos e información.
Por fortuna, los rayos que arremetieron contra Salamanca el viernes pasado no causaron muchos daños. Pero el susto y el miedo en el cuerpo nos lo metieron a todos. Sobre todo a aquellos que durante un tiempo se quedaron a oscuras sin más luz que la de sus linternas y la de los relámpagos.
Truenos tan violentos no han explotado sobre Salamanca desde hace décadas.
Cuentan los periódicos viejos que el 1 de agosto de 1905, ya desde por la mañana, las nubes negras empiezan a arremolinarse sobre la ciudad. Los salmantinos miran al cielo pensando: “Va a caer una…”. Y no se equivocaban porque a eso de las dos de la tarde estalla una de las peores tormentas que se recuerdan.
La prensa destaca la violencia de los truenos y el ensañamiento de los rayos. Pero caen donde deben caer. Citan el pararrayos de la Universidad, y el de la iglesia de san Juan de Sahagún.
Se habla también de una chispa en unas eras cercanas al barrio de los Milagros. Y es el propio aguacero de la tormenta el que colabora con los vecinos para apagar el incendio.
A las dos y cuarto deja de llover. Pero a las tres empieza de nuevo. Y esta vez la lluvia viene acompañada de granizo.
Los periódicos hablarán al día siguiente de 67 litros por metro cuadrado. Demasiado para aquella Salamanca de desagües raquíticos y canalizaciones estrechas e insuficientes.
El caos se instala en la ciudad.
Dicen que los animales tienen un instinto infalible para calibrar los desastres que se avecinan. Cuentan los periódicos, que los caballos que había en la Plaza Mayor, para tirar de los carros que allí paraban, empiezan a correr desbocados decididos a ponerse a salvo.
En cuestión de minutos la calle de Toro desde el café Castilla —muy cerca de la plaza Mayor— hasta la iglesia de san Juan de Sahagun queda cubierta por un metro de agua. La plaza de santa Eulalia queda también sumergida bajo el turbión.
Los redactores de El Lábaro dejan constancia de sus primeras impresiones sobre la tormenta:
Desde los balcones de nuestra redacción estamos viendo las nubes que se ciernen sobre la ciudad, y que no dejan un momento de descargar lluvia.
Debe de haber muchísimas inundaciones; pero la exacta información de ellas se hace imposible, pues el agua cae a mares.
Los relámpagos no cesan de brillar y los truenos se repercuten espantosos sin intervalo.
Estamos aislados completamente con la imprenta, y tendrá que retrasarse la salida del periódico.
Alrededor de la fuente del campo de san Francisco cunde el pánico. Las criadas que se encontraban allí en busca de agua tienen que correr para refugiarse. Los cántaros que no se hacen añicos se verán luego flotando en la corriente.
La fábrica de Moneo y otros talleres de la ciudad, viendo el cariz que iban tomando los acontecimientos, dan orden de salida a sus trabajadores para que se lancen a la calle a ayudar a las posibles víctimas.
En la zona de la chopera, el Tormes se crece y deja rodeadas a diez lavanderas. Angustiadas, piden ayuda a gritos. Unos trabajadores de una fábrica cercana desafían la corriente a bordo de una barca, y logran salvarlas. Su actuación es muy aplaudida y elogiada.
La calle san Pablo, por espacio de una hora se transforma en río caudalosísimo. Cuentan los periódicos que en el colegio Niños del Coro, se hospedaba Dámaso Ledesma —reconocido por sus trabajos de investigación del cancionero salmantino—. Los habitantes del edificio habían quedado atrapados, pero don Dámaso que no debía de estar dispuesto a aceptar que una tromba tormentosa le cambiara los planes, se descuelga, con maleta incluida, por un balcón, decididísimo a emprender el viaje que tuviera planeado.
No se sabe a dónde iría Dámaso Ledesma ni si consigue llegar, pero si se dirige a la estación de ferrocarril encuentra el paseo de la Estación y la Alamedilla tomados por el agua. La inundación alcanza hasta la puerta de Zamora cuya fuente queda también sumergida.
Por la calle Bordadores baja una corriente turbulenta que llega a los dos metros de altura. Arrastra muebles: mesillas, una cómoda, ropas… Los vecinos se ven obligados a refugiarse en los tejados. La casa de las Muertes queda también anegada.
La plaza de Monterrey recibe los envites de toda aquella corriente:
En la plaza de este nombre, las aguas, que descendían con ímpetu de espantoso turbión, por la calle de Bordadores y calle de las Úrsulas, adquirían carácter de embravecido mar
Ese mar embravecido choca contra la fachada del palacio de Monterrey. Se inundan las bodegas y unas veinte personas quedan atrapadas en palacio.
Un poco más allá, las monjas Adoratrices también sufren la fuerza desbocada del agua que “hace saltar una cloaca levantando una cascada de gran altura”. La capilla y la iglesia se inundan. El agua alcanza los dos metros, los bancos de la iglesia flotan sin rumbo. La campana del convento toca a arrebato y las monjas piden socorro a gritos. Particulares y Guardia Civil acuden en ayuda de las monjas que sacan el agua a paladas.
En la casa de santa Teresa estaba el colegio de las siervas de san José. Niñas y monjas están atrapadas en su interior. Los pupitres, las sillas, los cuadernos y las labores de las niñas flotan en las aulas del piso principal. Tienen que buscar refugio en el piso más alto. Las niñas lloran, las monjas se emplean en pedir auxilio por las ventanas y en calmar a las alumnas. Ciudadanos de a pie son los que cruzan la calle desafiando la corriente del agua, que llega ya a la altura de la cintura. Un grupo de aguerridos y heroicos salmantinos van sacando en brazos una por una a todas las niñas.
Ciudadanos, la guardia civil de infantería y de caballería tienen que rescatar a muchas personas atrapadas en casas en las que el nivel del agua no deja de crecer.
Cuando las aguas por fin se retiran, el aspecto de Salamanca es desolador. No hay daños personales pero los materiales son cuantiosos. Familias enteras arruinadas, sin techo, sin animales porque han perecido ahogados, sin materiales para trabajar, sin mercancías que vender… Todo se lo ha llevado el agua.
El Ayuntamiento aloja en posadas a las familias cuyas casas han sido arrasadas. Se pide ayuda económica al gobierno de la nación, pero no se confía mucho en recibirla, y se inicia una suscripción popular en la ciudad para ayudar cuanto antes a los más desfavorecidos.
Con el paso de los días se van calmando los ánimos. Las historias heroicas, aterradoras y trepidantes vividas en la ciudad corren ahora, multiplicadas, de boca en boca, por las mismas calles y con la misma fuerza con la que días atrás las recorrió el agua.
Son tantos los héroes que reivindican su minuto de fama impresa que el redactor de El Adelanto se queja:
Desde que comenzamos a publicar las listas de héroes y perjudicados, son legión los que de ambas clases, nos asaltan en la calle, en casa, en la redacción, en todos los lugares y a todas horas, para contarnos unos sus proezas y sus desventuras otros.
En busca de la cruz de beneficencia aquéllos, nos narran hazañas sin fin; ilustran con ademanes terroríficos y voces sepulcrales sus rasgos de valor, y detallan cómo salvaron a familias enteras, con el agua al cuello, y cómo evitaron a Salamanca un día de luto.
Yo he tenido la curiosidad de contar en número de personas salvadas de las procelosas aguas, por unos cuantos héroes, que no vieron la inundación, y resultan, hasta ahora 3.333… y un tordo.
¡Si me salvarían a mí y no me habré enterado!
Las exageraciones y el sentido del humor inundan ahora Salamanca; que por algo nos hemos ganado el título de andaluces de Castilla… Y a la gran tormenta terminan sacándole coplas:
No hay mal que por bien no venga,
dice un antiguo refrán
que se ha visto confirmado
hace poco en la ciudad.
La inundación que el desastre
ha llevado a tanto hogar,
entre desgracias sin cuento
que no se remediarán,
entre penas y abandonos
como no se vio jamás,
entre enseñanzas bien tristes.
algo bueno, la verdad,
trajo el martes la tormenta
a costa de tanto mal.
Trajo proezas y hazañas,
impulsos de caridad,
noble emulación de gentes
sedientas de trabajar,
y trajo aquí donde en todas
las calles hay suciedad
con el turbión de las aguas
un limpión bien general,
que dejó desconocida
esta no pulcra ciudad,
modelo de cualquier cosa
pero de limpieza ¡cá!
A la tormenta del pasado viernes no le hemos sacado coplas pero, como buenos andaluces de Castilla, a la mañana siguiente bien que nos encargamos todos de que relampaguearan los chistes y las risas para terminar de matar los sustos de la noche. ¡Qué sería de nosotros sin sentido del humor!
Y es que ¡menudo susto!, ¡qué miedo!, ¡qué truenos!, ¡qué rayos!
Menos mal que al día siguiente, durante un rato, incluso salió el sol…
BIBLIOGRAFÍA
- El Adelanto: 2,4,8 de agosto 1905
- El Lábaro: 1, 2 de agosto de 1905
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Nadie comenta nada de la famosa tormenta de granizo (Era granizo o piedras?) que cayó en los años 80. La verdad es que yo era un niño pero es muy oído, no sé si fue en Salamanca o solo en Peñaranda, pues yo soy de allí. Pero cuentan las "leyendas" que el cielo se puso negro como la noche y de un color morado (como cuando tiene un moraton). Dicen que del cielo no caia granizo sino piedras, y que caian a tal velocidad que tenias que refugiarte o te rompían la cabeza. Aquella tormenta rompió todas las persianas del pueblo, y a la vista estuvo durante casi una década, que veias que todas las persianas del pueblo tenían agujeritos de los balazos de las piedras.
Dicen los que lo presenciaron que el color del cielo no era usual ni normal y que aquello fue algo mas que una simple tormenta de granizo. Tal vez meteoritos?
Ya nadie se acuerda de aquello? fue casi como un mito Local.
Por que se ha olvidado? Yo no lo vi por que era un niño, pero mucha gente de aquella época si lo presencio. deberían contar y escribir lo que vieron y lo que paso.
Un saludo.
¡Menuda historia interesante! A mí no me suena nada esa historia. si fue una tormenta a lo mejor estuvo localizada en Peñaranda. Pero suena muy misteriosa!! Muchas gracias por contarla, estaría bien poder averiguar más de ello ¡Saludos! Gracias por tu aportación.
Yo recuerdo esa tormenta de granizo, eran del tamaño de huevos fue una mañana entre 1984 y 1986.
Madre mía! Pues menos mal que no hubo heridos porque con ese tamaño de granizos… ¡Muchas gracias por visitar el blog y comentar, Raúl! Saludos
Yo si me acuerdo, los coches aparcados en la calle, entre ellos el mio, quedaron abollados de las piedras que cayeron. En una tienda enfrente de mi casa cogieron una de esas piedras y pesaba 400gr
400gr! Y donde andaría yo metida q me perdí todo eso!!! Muchas gracias por participar y compartir tus recuerdos!!! Y por leer! Saludos